Tuesday, December 12, 2006

Diálogos con Malte (capítulo 2)


Algo le ha pasado a mi maltrecha mascota, todavía no ha aparecido. Supongo que estará aun descansando. Con todo, estoy aburrido así que me marcho a tomar algo. Cojo el ferrocarril hasta plaza Catalunya, doy un pequeño volteo por las ramblas para airearme y me meto en el bar Castells. Nadie me acompaña pero saludo amablemente al camarero para no perder la costumbre de conocernos. Me he sentado y he pedido una cerveza. Estoy solo, así que saco a Rilke del bolsillo y me propongo a deleitarme en su lectura. Pasan los minutos entre ruidos de copas y los tragos. El pastor alemán ha vuelto, esta sentado justo frente mío. Estoy un poco harto de llamarle pastor alemán, creo que me inventaré un nombre no más largo de dos sílabas. De pronto paso página y leo: “Malte” y me gusta. “¿Sabes? Ahora te voy a llamar Malte.” Hoy, Malte, no quiere mostrarme sus dientes, creo que ha convenido una breve tregua para sabernos el uno del otro. Nos escuchamos sin hablar. Una tarde tranquila, rezumada de un olor de color ocre. Descubro que a mi derecha hay aun la cerveza medio llena y un cenicero moribundo, restos de enfermedad a mi izquierda y un pensamiento. La droga. Recuerdo mi primera experiencia, nacida de la casualidad; cada una que ha sucedido en sus distintas versiones, porque no toda droga es igual. Me dispongo a contársela a Malte. Creo que le gusta la historia. Quizá porque se destapa como una realidad dolorosa que cruza nuestras mentes cada día, tan monótona, tan vacía. Malte y yo, hemos iniciado una búsqueda de distinción y por unas horas creemos encontrarla en los relatos que yo cuento. “Siempre te gusta, ese primer recuerdo te gusta, sin embargo, pasado el efecto, todo vuelve a esa insípida visión del mundo, aquella de la cual quieres huir y que se vuelve ahora aun más terrible.” Le digo. “Malte, ¿Cómo puede ser que nada haya cambiado?” Cierto que es así. Su impacto destroza el alma que saborea la libertad para volver a ser encarcelada. Al paso del tiempo intentas volver a ella, pero ya todo es distinto y cada vez eres más consciente de la mentira. Esa verdad que se vuelve mentira. Escuchamos a nuestro lado conversaciones sobre filosofías burdas, nos reímos a placer con ellas, con pequeños guiños gesticulares. Callamos poco después. Un tatuaje de campanilla en la espalda de una mujer, insultos sobre juegos y máquinas tragaperras. Largas patillas ensartadas en mi frente y en las de un hombre que pasa fugaz. “Hermoso tatuaje de campanilla”, digo a Malte. Una leve ilusión y nos escapamos. Ahora en casa volverá la guerra.

Saturday, December 09, 2006

Dialogos con Malte (capítulo 1)


He decidido recogerme en círculos iniciáticos de pensamientos vagos, de cosas externas que me sean ajenas a mis sensaciones para no tener que emprender de nuevo otro espasmo depresivo. Estoy aquí, en mi habitación, escribiendo sobre mí, y a mi lado hay un enorme pastor alemán enseñándome como sus dientes vierten la saliva gelatinosa en el suelo. Tengo miedo de realizar un paso en falso y que me arranque el brazo en un movimiento certero. Me parece que seguiré escribiendo sin hacer demasiado caso de esta aparición. Quizá los dos estemos asustados. Mantiene su posición de guardia y emite un leve ronroneo que se apaga intermitentemente. No puedo detenerme demasiado tiempo a pensar lo escrito pues, por poco que haga, avanza su posición y el leve rugido aumenta. No me permite despistarme, no me permite ir lentamente, siendo reflexivo; debo ser rápido y locuaz. Empiezo a adivinar hacia donde me quiere llevar. Me he permitido la ostentación de girarme hacia él, aunque de manera inexpresiva. He podido observar una pequeña cicatriz justo sobre el ojo izquierdo que no seria un problema sino le crease un triángulo abierto de diminutas dimensiones sobre el párpado superior. Sería muy angustioso tener que verlo todo durante el resto de tu vida, no poder ahuyentarse de lo que te rodea. Creo que lo compadezco. Y después ese cuerpo casi descabellado. Parece un mutilado. Supongo que todo aquello debe haber sido el precio de toda falta de dignidad vital. Sí, dignidad vital. Existe una delgada línea en el curso de la vida que nos separa lo digno de lo villano. No se trata de unas tablas escritas separando el bien del mal, aquello que nos hace mejores de lo que nos hace peores, sino de una delgada línea curva, impredecible que nos dibuja nuestro límite. Conocerla se torna tan arriesgado que nos es más fácil dibujarla recta o negarle su propia existencia. Aquí, en mi habitación, nos estamos debatiendo él y yo, dibujando nuestra propia curva. Sé que me está leyendo. No le gusta lo que escribo porque me ha desplazado con su cuerpo hacia mi derecha con un suave empujón, a dado un volteo por la habitación y ha vuelto a su posición amenazante. Yo le observo de reojo, mientras tecleo. De momento no me he atrevido a detenerme. Sin embargo, pronto me veré obligado a hacerlo, a amenazarle. No puedo ceder ante sus proposiciones. En un enfrentamiento nunca se puede ceder, siempre se ha de ser conquistado. Así es la guerra. Si yerro debo aceptar mis consecuencias, jamás esconderlas tras el manto de la opresión y la desgracia. En una disputa a dos, siempre hay posiciones villanas, pero eso no quiere decir que sean desacertadas. Este gran pastor alemán me está planteando un problema: no consigo discernir entre acertado y digno, y aun cuando lo logro no sé si debo mayor pleitesía al acierto o a la dignidad. Terrible dilema en el que me debato. Todo por salvarme un brazo, que además es el izquierdo que ya casi ni lo utilizo. Podría despreocuparme de la cuestión. Siempre pensé en la suerte del necio, que aun faltarle las extremidades, es decir, aun ser inútiles y perezosos, se deben a su propio ego de una manera tan sublime que jamás consiguen estar del todo descontentos. Se presentan a sí mismos en ficciones completas en las que su cuerpo es una perfección natural, y deciden que así deben de ser todos. “¡Extraños y locos!” gritan a aquellos que aun no han perdido sus miembros. También los hay que entreven realidades o las desean, cosa que les convierte en los más mancos de todos. ¡Dios!, ¡como odio sus engañosas prótesis de plástico versátil! Farsantes. ¿Cómo diferenciarlos? Preguntad por ellos, escuchad todo aquello que os dicen y todo seguido explicadles lo que os venga en gana, incluso aquello que nada tenga que ver con vosotros, veréis como sus caras empiezan a divisar horizontes exteriores poco a poco y no os oyen ni os escuchan. No son egoístas, seguramente no mucho más que cualquiera de nosotros. Tan solo les escuece, les atormenta, son débiles. El pastor alemán ha sido mutilado, vejado. Supongo que debe haber chocado demasiadas veces contra el muro ficticio. Ha visto demasiado. Ahora me reprocha mi desnudez, mi falta de cicatrices. No soy como él, pero es que el ha dependido y yo siempre he sido un hombre solitario. Pobres pastores alemanes, tan nobles, tan engañados. Creo que esto último le ha gustado pues acaba de retrasar su posición y ha hecho un ademán de quererse estirar. Asiento con la cabeza, dirigiéndome hacia él, y le digo: “tranquilo, ya seguiremos mañana, hoy has ganado”. Se ha dormido.

Saturday, September 02, 2006

El ocaso de los tiempos (capítulo 3)

La habitación desprendía un ligero olor a lejía perfumada. La cama estaba empotrada en la pared, justo en el centro. Parecía una extensión de las dos mesas que había a cada lado. Empecé a sentir un fuerte ahogo. Enclaustrado en una habitación insulsa, desubicado, giré la cabeza en dirección contraria y unas enormes ventanas se descubrieron ante mí. Las abrí. El aire húmedo de Barcelona me soplo sobre la cara. Sabía que quería decir todo eso. Cogí una silla y me senté. Me quedé observando las vistas. Los recuerdos regurgitaban sobre mi estabilidad. Me quedé inmóvil. Una lágrima cayó lentamente. La sequé. Decidí marcharme de allí. No quise coger un taxi, así que intenté averiguar como podía desplazarme. No tuve demasiada suerte y acabé en la calle Paralelo. Sí, yo quería una pequeña calle que me invitará a un sentimiento de familiaridad, no una pequeña autopista sin final aparente. Caminando rumbo a los complejos Apolo me topé con un hombre que arrastraba una carreta llena de basura. Me pidió un cigarro. Se lo di. Su semblante descuidado y tremendamente imperfecto me produjo cierta paz. Caminaba con paso torpe sin saber muy bien a dónde. Me cayó simpático y le propuse ir a tomar una cerveza juntos. Acepto la invitación.

- Bien, ¿y usted como se llama? – preguntó
- Fred, ¿y usted?
- Guillem, a su disposición. – hizo una reverencia y sonreí.

Caminamos en dirección al bar que había en la siguiente esquina.

- Me alegro de que vayamos a ese puto bar, con usted me dejarán entrar. – dijo
- ¿Cómo?, ¿No le dejan entrar solo?
- No, se creen que soy un quinceañero con ganas de beber… Debe ser eso. – y soltó una carcajada.

Íbamos lentos, aunque ninguno de los dos tenía prisa. Se dispuso a explicarme su vida de médico paranormal, capaz de atisbar el aura vital de los enfermos y muchas otras cosas que no recuerdo, sucesos que le habían llevado a ese estado en que existía. Encontré gracioso que tras su aspecto se escondiera un gran cuenta jácaras. Las cervezas se sucedieron una tras otra y en un momento dado le dije:

- Mi hermano me enganchó en la cama con su mujer y al abalanzarse sobre mí cayó por la escalera. Se mató. Esa misma noche mi madre se suicidó, y ahora me he venido a Barcelona con la viuda de mi hermano.
- Es usted mejor que yo con las historias.
- Si, debe ser eso. – dije, levantando la copa.

Acabamos nuestros últimos tragos y nos fuimos. Me despedí de él y me dio un pequeño juguete de playmobil como moneda de cambio de las cervezas. Me dijo que me daría suerte. Tomamos caminos opuestos. Dado que mi estado alcohólico era bastante acentuado, me dispuse a buscar un lugar donde seguir bebiendo. Pregunté a un par de personas a dónde podía ir y acabé en Plaza Real. Ese sitio es el centro neurálgico de la noche. La mezcla de nativos y extranjeros es tal, que ya no sabes si hablar castellano o directamente ponerte a hablar en inglés. Fui a un local llamado Sidecar. Me dijeron que pinchaban buena música. Lo cierto es que el local era un antro de techo bajo, pero me gustó. Si no fuera por aquel círculo que se creaba en la entrada de artisteo barato, de músicos dados a una nueva visión de sí mismos, con los que intercambiaban risas y conversaciones sobre sus proyectos mientras cruzaban miradas con las mujeres que les rodeaban, algunas de manera anecdótica y otras planteando estrategias para conseguir el favor de uno o de otro. Las primeras solían ser interesantes, incluso en ellas había sinceridad. Las segundas en cambio se paseaban de un lado a otro mostrándose al más puro estilo animal, como si fuera un documental del apareamiento humano. No les importaba nada; porque ellas se reían igualmente, se interesaban porque así lo habían decidido antes. De hecho, en un momento dado, me vino una mujer y me pidió fuego. No sé que coño le pasó por la cabeza cuando se lo dí, pero me dirigió una mirada seductora y me dijo: “me ha llegado al corazón.” Yo respondí: “no digas chorradas.” Entonces tuvo una reacción algo extraña. Primero sonrió y después se volteó enfadada. Al cabo de un rato, retornó hacia mí.

- ¿Cómo te llamas? – me dijo
- Fred.
- Yo, Cristina. Encantada. – y me dio dos besos. – Has estado un poco borde antes. – afirmé con la cabeza.
- Lo siento. – dije
- ¿Qué edad tienes?
- 28
- Yo tengo 24.
- Y vas por ahí diciendo que te ha llegado al corazón cuando te dan un mechero. ¿A tu edad? – cambió su cara de golpe – Lo siento es que estoy algo agobiado. Te invito a una copa.

No es que hubiese dejado de creer que era idiota sino que, mis necesidades carnales, se antepusieron a todo lo demás. Todo aquel documental me había excitado. Quieras o no, somos hombres, personas y estos juegos afectan. Por una parte, no debía haber hecho todo lo que siguió a la invitación. Pero por otra, necesitaba descargar, liberarme de todo aquel peso que estaba soportando desde que me marché de París. Sí, debía redimirme. Fuimos juntos al hotel y estuvimos follando toda la noche. Le pedí que gritara y eso le excitó. Yo a cambio me esforcé al máximo en hacer de aquello una gran noche de sexo. Laura estaba en la habitación contigua y lo escuchó todo. Escuchó cuando la coloqué a cuatro patas y empecé a penetrarla con nervio mientras ella daba golpes a la pared, berreando. Escuchó, también, cuando al día siguiente en la ducha, la alcé con los brazos y empezamos el coito mientras le mordía los pezones. Lo escuchó todo, y yo lo sabía pero me era imposible frenarlo, no podía. A la tarde siguiente picó a mi puerta y me dijo:

- Fred, ¿vamos a cenar fuera?

Todo se había recolocado en mí, y eso parecía que le hacía feliz. Aunque durante toda aquella noche no pararon de brillarle los ojos. Me pregunto si esas lágrimas que no acababan de caer, que sufrió ella misma, eran de odio o no. Estoy seguro de que sí.

FIN

Wednesday, August 16, 2006

El ocaso de los tiempos (capítulo 2)

Al día siguiente, me desperté solo en la cama. Sobre la mesita de noche encontré una nota que decía: “Han llamado del hospital, tu madre ha muerto está madrugada. Se ha suicidado. Vendré al mediodía. Un beso. Laura.” Me cogió un ataque de risa. Era una risa histérica. Cuando me calmé, preparé las maletas y esperé a que Laura llegara. Se presento unas horas más tarde. Llevaba una maleta encima. Al abrir la puerta me dijo:

- ¿Qué?, ¿nos vamos?

Antes de llegar a la estación, hice parar el taxi delante de un supermercado y fui a comprar dos botellas de vino. Aun no habíamos decidido a donde iríamos pero quedó claro que el viaje iba a ser largo. Una vez en la taquilla, resolvimos que Barcelona sería nuestro destino. De París a Barcelona había unas doce horas aproximadamente y nuestros orígenes españoles habían pesado en la decisión. Viajamos en primera clase. Dejamos las cosas en el camerino y nos dirigimos al bar. Pedimos un par de vasos y empezamos a beber. A nuestra izquierda una pareja de jóvenes discutía cual iba a ser el itinerario que seguirían para visitar la ciudad, y justo al lado de un hombre con sombrero, un chico observaba como se removía el café al hacer girar la cuchara. Pedimos algo para comer.

- Sabes, Fred, al llegar podríamos buscar trabajo en alguna revista. De hecho, yo puedo ser fotógrafa.
- Está bien. Yo ya veré.
- No sé, aprovechemos las circunstancias. Bien que hemos huido pero de todo lo malo se puede sacar algo positivo, siempre.

El hombre de sombrero bajó el periódico y empezó a mirarnos.

- Sí. Pero ya veré lo que hago, de momento tenemos dinero para poder aguantar un año o dos si apuramos. Quizá quiera volver a pintar.
- Tu pintor y yo fotógrafa, vaya par…

Seguimos bebiendo. Laura estaba contenta. Le esperaba una nueva vida y eso le ocupaba todo su tiempo. A mí en cambio empezaba a pesarme la culpa. Parecía que la desgracia nos estaba persiguiendo. Cansado de ver de reojo que el hombre de sombrero no nos perdía de vista, le saludé y le invité a sentarse con nosotros. Vino sonriente.

- Hola, me llamo Pierre.
- Ella se llama Laura y yo, Fred.
- ¿Española? – le preguntó.
- Sí. Los dos nacimos allí, aunque llevamos viviendo en París desde hace largo tiempo.
- Bien, ¿y que os trae de vuelta?
- Nada. Vamos durante una temporada, hasta que nos volvamos a cansar. – contesté amable.
- Bien. Os he escuchado antes y me ha parecido oír que eres fotógrafa, ¿verdad?
- Sí. En París era más un hobby que un trabajo.
- Pues yo tengo una pequeña revista. Si quieres, quedamos un día y me presentas tus trabajos.
- Está bien.
- ¿Y usted, fred, a que se dedica?
- A nada. – dije irritado. Me había molestado que a mi me hablara de usted y a ella de tu.
- Es pintor. – dijo ella.
- ¡Oh, que bien! Seguro que en Barcelona encuentra oportunidades, es una ciudad muy inquieta. – sonreí – Bueno aquí os dejo mi tarjeta, llamadme para cualquier cosa. Buenas noches.

Se acabó la copa y se marchó. Pierre no me había convencido demasiado, pero podría sernos de gran ayuda durante los primeros meses en Barcelona. Nos acabamos el vino y fuimos a dormir. Nos despertaron con un golpe en la puerta. Ya habíamos llegado. Bajamos y cogimos un taxi. Le dijimos que nos llevara a un hotel cerca del centro de la ciudad. El recepcionista del hotel nos propuso una habitación de matrimonio pero yo salté con un: “no, mejor dos habitaciones contiguas.” Laura me miró desafiante.

- Poco a poco. Lo prefiero así. – le respondí.
- Eres un crío.

Nos llevaron a sendas habitaciones y nos ordenamos en ellas. Al cabo de un rato picaron a mi puerta y me trajeron una nota de Laura: “Me he ido a dar una vuelta por la ciudad. Vuelvo de aquí un rato. Descansa. Un beso. Laura.” Siempre hacía lo mismo.

FIN (continuará)

Thursday, August 10, 2006

El ocaso de los tiempos (capítulo 1)


Se hizo de noche muy pronto. No había llovido durante todo aquel año, pero al bajar del metro miré al cielo y ahí estaban. Las nubes habían decidido aparecer de nuevo. Al poco rato cayó una gran tromba de agua. Mientras tanto yo me recogí en el portal más cercano. La ciudad empezó a desprender un olor a tomillo. Me gustó. Al abrir los ojos ya había parado y seguí mi camino. Pretendía llegar a casa. Era verano y la gente se animó a salir justo detenerse el chaparrón. Me preguntaba porque la ciudad cambiaba tanto de un mes a otro. Ahora se asemejaba más a una feria para turistas que a un hogar. Desconocía la gente, desconocía aquello que observaba y sin embargo todo estaba en el mismo lugar, colocado de la misma manera. Era tan diferente. Tanto tiempo pensando en marcharme para explorar nuevos horizontes y en el fondo las nuevas metas se postraban ante mí sin haber dado más de diez pasos de mi casa. Llegué a mi piso. Estaba tan silencioso que no me pude resistir a encender la mini cadena y poner "La copa de Europa" de Los Planetas. Me desvestí con ella y decidí quedarme desnudo. Me apoltroné sobre el sofá. Me encendí un cigarro y todo sucedió más deprisa. Sonó el teléfono. En ese momento no me apetecía hablar, así que esperé inmóvil a que acabara. El teléfono dejó de sonar poco después. El cigarro seguía consumiéndose en mis dedos. Volvió a sonar y esta vez contesté:

- ¿Si?
- Hola Fred, soy Albert.
- Dime.
- Me han contado lo que ha pasado hoy. Lo siento.
- No pasa nada, estoy bien.
- Eso espero, sabes que me tienes para lo que quieras.
- Lo sé.
- Deja que te diga una cosa. No vale la pena darle demasiadas vueltas.
- Lo sé. No lo hago. Estoy descansando.
- Bien, entonces te dejo. Si quieres luego quedamos para tomar una cerveza y demás.- Vale, ya te llamo
- Hasta luego.
- Hasta luego.

Al colgar, giré la cabeza hacia la ventana. Volvía a tronar. Sin embargo había algo en esa lluvia que me gustaba. De hecho ese olor a tomillo me había hecho olvidar todo lo sucedido esa misma mañana. Aquella voz histérica diciéndome: "Mira que has provocado", las lágrimas, la imagen de mi hermano estirado en el suelo como un Cristo y la mirada de Laura, su mujer. En realidad, él se había abalanzado sobre mí tras una pequeña discusión provocada por haberle dicho que me había follado a su mujer y al esquivarlo, cayó por las escaleras. Falleció al torcerse el cuello. Al verlo recogí a mi hermano del suelo entre gritos de mi madre y lo llevé a un hospital donde corroboraron que había muerto. Estaba observando los relámpagos y contando los segundos que los separaban de los truenos, cuando a lo lejos pude distinguir la silueta de Laura que se acercaba a mi piso. No me molesté en vestirme. La invité a subir y lo hizo. Lejos de parecer una viuda desolada, se había acicalado y llevaba un vestido negro. Parecía como si todo aquello no le hubiera afectado demasiado. Al abrir la puerta me miró despectivamente y me dijo: “Estás loco”. Fuimos hacia el salón. Puse el disco de Scott Walker, “the drift”; para ambientar el momento. Me pareció oportuno ya que estaba saboreando algo terrorífico. Me cogió un cigarro y ambos fumamos sin decir nada, mirando como caía la lluvia. Por un lado, me sentía bien en esa situación. Si bien es cierto que mi hermano había muerto y eso era algo sombrío, también disfrutaba de los escalofríos provocados por todo ello. Era como estar en un límite profundo, en el borde de las sensaciones, ahí donde todo se convierte en más susceptible de ser mal interpretado. Aguantamos el miedo con silencios. Cualquier frase podría desmoronar al otro y abandonarlo al interior de un pozo sin fondo, al infierno. Por otro lado, nos habíamos acercado tanto que era muy posible que la caída de uno significara la del otro. Entonces le dije:

- ¿Por qué no te quitas esa ropa?
- Está bien,- se quitó la ropa y la dejó tirada en el suelo. – pero tu quita esa música.

Al no inmutarme, se dirigió a la mini cadena y la apagó. Me giré hacia ella. Nos miramos. Se estiró a mi lado apoyando sus piernas sobre mis rodillas.

- Tu madre se encargará del funeral, pero no quiere que vayamos ni tu ni yo. – me dijo.- Hay que ver lo tonto que es tu hermano, matarse por eso.

Laura era así. De hecho dudo que en el algún momento de su vida hubiese querido a mi hermano. Tampoco la culpo. Mi hermano era de aquellas personas que creían ser felices porque siempre había gozado de una tela cegadora que no le dejaba ver más allá de lo que materialmente había conseguido. Se había casado con una mujer hermosa, tenía buena salud y dinero. Eso le bastaba. Un buen día le echaron del trabajo, le dije que me había tirado a su mujer y todo seguido se había matado. Es cierto que siempre había sentido cierta compasión por él, aunque en ese momento ya daba igual. No nos podemos compadecer de un muerto. Laura, por el contrario, estuvo odiándose mucho tiempo hasta que decidió encontrar en mí lo que mi hermano no le había dado. Ninguno de los dos nos deleitamos con todo aquel episodio, pero nos sentíamos libres. El silencio seguía paseándose por la habitación. Encontrábamos la complicidad en nuestras miradas. Al cabo de un rato, nos refugiamos en el placer de nuestros cuerpos. La tomé de manera violenta pero cariñosa y tuvimos una de esas experiencias reveladoras. Después nos quedamos dormidos.

FIN (continuará)

Foto - Arcade Fire - Funeral